miércoles, 29 de octubre de 2014

Los corrompidos piden perdón, ¿para qué?

La clase política dirigente parece creer que con pedir perdón el asunto de la corrupción masiva queda arreglado. Pero no se trata de pedir perdón por un desliz o una falta de sensibilidad que puede tener cualquiera en un momento dado, sino de un entramado de corrupción de envergadura. Es imposible que las direcciones de los partidos políticos con responsabilidades de gobierno y personal de dedicación exclusiva no se hayan dado cuenta de lo que hacían decenas o centenas de sus dirigentes o que se repartían sobres o se pagaban obras con dinero negro. Es posible y hasta perdonable que un partido de gran tamaño no se diera cuenta de que alguno de sus representantes se dedicara a negocios ilegales a costa de los presupuestos, pero lo que no es creíble ni perdonable es la existencia de amplias redes de tráfico de influencia y corrupción generalizada. 


En Ciudadanos Libres Unidos - Cilus consideramos que uno de los problemas principales es que los mandatos no estén limitados en su duración, otro es la falta de mecanismos de democracia interna y la dedocracia generalizada, y otro es la falta de transparencia de los procedimientos a la hora de adjudicar contratos públicos. Si nos fijamos en quiénes suelen ser los políticos más corruptos, podemos comprobar que llevan muchas legislaturas seguidas en puestos de responsabilidad, colocados de forma autocrática por sus direcciones respectivas y pertenecients, normalmente, a círculos dentro de sus partidos que "controlan el cotarro" sin dejar acceder a nadie de fuera de estos círculos. Está visto que es a partir de los ochos años en un mismo nivel institucional cuando comienzan a funcionar redes de corrupción, lo que se impediría con una limitación a ocho años al crear una rotación automática y natural de los representantes, y no sólo porque algunos puedan tender a dejarse corromper o a corromperse por motivación propia, sino también para asegurar que gente nueva acceda a cargos con nuevas ideas y nuevas energías y la cercanía necesaria a la realidad social de su entorno. Que la clase política dirigente viva en una realidad paralela despegada de la realidad ciudadana es una consecuencia de la eternización en los cargos y los escaños.



Más democracia interna en los partidos es, además, garantía para un mejor control de la gestión por parte de las bases de los partidos, porque si los candidatos (y posteriores electos) tienen que ganarse sus puestos con su trabajo dentro del partido, los afiliados siempre los elegirán y valorarán por su labor en el partido y, en su caso, por su gestión una vez electos. Así se evita que lleguen a ocupar puestos en las listas aquellos que nunca han hecho nada por el partido y cuya labor como cargo público electo haya sido nefasta.

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